Espina encajada

Entre Pasillos

JOSEFINA GALLARDO

Se ha iniciado el proceso de sucesión para elegir director en la Facultad de Filosofía y Letras y eso pone de nuevo en la visión colectiva el gran problema que significa la ocupación ilegal del Auditorio Justo Sierra, uno de los más grandes de la UNAM y que contaba con una enorme tradición de sucesos académicos que llenaron de historia positiva a la institución. Estas vivencias han estado truncas por más de 17 años.

Un problema que dejaron pendientes –no sin pelear– los rectores Juan Ramón de la Fuente y José Narro, y los dos últimos directores de la dependencia, Ambrosio Velasco y Gloria Villegas. La UNAM quedó tocada en su vulnerabilidad y simplemente no pudieron resolver esta afrenta constante a su autonomía, por el grado de complejidad que conlleva y los turbios intereses que se esconden detrás de este suceso. El propio rector Enrique Graue señaló al momento de su designación como jefe nato puma que “hay que ver cómo se puede solucionar. El diálogo sería el primer paso”. Es, pues, la espina encajada para una Universidad que entonces trabajaba en recuperar su prestigio.
El asunto es incómodo y delicado porque polariza a la autoridad con algunos de sus grupos de estudiantes y porque vulnera a la institución al exhibirla como permisiva. En estos 17 años de toma ilegal del recinto —rebautizado en 1966 por la comunidad estudiantil como auditorio Che Guevara– se han sumado diversas asociaciones académicas en apoyo a la Universidad para su recuperación y se ha trabajado con la autoridad judicial para encontrar una salida legal. Nada se ha podido hacer ante muchos intentos fallidos por recuperar este espacio por demás secuestrado.
El Auditorio está inmerso en una zona estratégica: frente a las islas, que es un espacio abierto en donde se da toda clase de actividad; está también a unos cuantos metros de la Torre de Rectoría y a unos pasos de la avenida Insurgentes y de la Biblioteca Central, el monumento universitario más visitado por turistas extranjeros. Todo lo que sucede en este recinto es tema de atención de un gran número de personas y una provocación constante a la autoridad y al orden. Ahora se sabe que la posesión ilegal de este bien público es para dar cobijo a un nido de delincuentes que se hacen llamar Okupas (u Okupache) que se revisten con el lema espacio autónomo de trabajo autogestivo, pero que algunos de ellos están relacionados con el narcomenudeo.
Desde los sesenta, en este Auditorio disertaron personalidades como Leopoldo Zea, Adolfo Sánchez Vázquez, Eduardo Nicol, Pablo Neruda y muchos otros grandes pensadores del Siglo XX. Su condición actual es sólo una de las herencias terribles de la larga huelga de 1999. Meses después de que la Policía Federal recuperara a la Universidad, el movimiento estudiantil tomó las instalaciones del Justo Sierra.
Desde entonces ha sido un ring de intereses mezquinos en el que transitan todo tipo de grupos, menos universitarios. Han tenido secuestrada la tranquilidad de esta Facultad, paradójicamente Alma Máter del humanismo institucional. Los ultras de los ultras transformaron este recinto de prestigio académico en resguardo de ambulantes, que por mucho tiempo también fueron los estudiantes fósiles del lugar.
Por eso no se debe soslayar que justamente en los planes de trabajo de los tres aspirantes a la dirigir esta Facultad se haga mención del asunto. Para Rafael Guevara es un problema que “atañe a toda la comunidad universitaria para resolverlo de manera pacífica respetuosa y legal” Y reconoce que es necesario reforzar la seguridad para la comunidad. Para Jorge Enrique Linares “se deben reubicar los vendedores de alimentos y golosinas”, y propone alternativas para su uso como una nueva sección de bibliotecas y salas multimedia. Por último, para Carlos Oliva, el Justo Sierra “no es el único espacio tomado dentro de la Facultad. La toma de espacios, su uso privativo o como refugio, es lo que empieza a normar la convivencia. Romper esta inercia es imperante”.
Los planes de trabajo no cuentan con una alternativa contundente para resolver el problema que le ha quitado el sueño a los tres últimos rectores. ¿Qué se debe hacer y cómo hacerlo? Deberán ser preguntas obligadas de la Junta de Gobierno a los integrantes de la terna. No basta con invitar al diálogo. Eso no ha funcionado por más de tres lustros.
Desde 2009 hasta la fecha se ha registrado nueve eventos violentos, relacionados con narcomenudeo y actividades totalmente ajenas a la vida universitaria. Sus distintos ocupantes han mantenido bajo amenaza a la comunidad de la FFyL y a quienes transitan por los pasillos cercanos. De un portazo este espacio público paso a ser privado ante la mirada aterrada de todos y está por ingresar la primer generación de jóvenes que no han conocido en forma directa las bondades de lo que fue antaño el Justo Sierra.
El secuestro de este recinto está más allá de la vida universitaria pues es un golpe directo a la cultura; es un recordatorio de cómo una minoría puede dañar a la mayoría universitaria. Un hecho también es real: el miedo ha mantenido relajada a la legalidad y así no se puede.

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