¿Nuevo modelo?

Entre Pasillos

JOSEFINA GALLARDO

El sistema de educación superior en México es tan variado como inequitativo; hay instituciones de todo y para todos. Hace quince años nació el modelo de las universidades politécnicas, impulsadas por Vicente Fox para dar respuesta a la alta demanda, y el balance de su desempeño a tres lustros es difícil de determinar. ¿Son, en el sentido estricto, universidades?

De acuerdo con algunos diccionarios, una “universidad es una institución de enseñanza superior, investigación y de cultura científica y humanística formada por diversas facultades y que otorga distintos grados académicos. Estas instituciones pueden incluir, además de las facultades, distintos departamentos, colegios, centros de investigación y otras entidades”.
Y aunque han dado cabida a muchos jóvenes que no fueron aceptados en otras instituciones y son un modelo innovador que imparte licenciatura, maestría y doctorado, las universidades politécnicas tienen, en esencia, algunos de los mismos vicios y problemas que otras instituciones: falta de presupuesto, de infraestructura adecuada y de reconocimiento en el campo laboral. La pregunta es: ¿cuál ha sido su aportación a la educación superior?
A la fecha, se han construido 55 planteles de universidades politécnicas a lo largo de 25 entidades federativas, y sólo uno forma parte de la ANUIES; se trata de la Universidad Politécnica del Valle de México, con su ingreso reciente, hace apenas unas semanas. Este detalle no es menor, ya que formar parte de la Asociación es trabajar en conjunto con sus pares y recibir un trato equitativo. En ese sentido, no son aún vistas como un sistema universitario robusto, a pesar de que, en su conjunto y sumándose a las universidades tecnológicas, atienden una demanda que supera los 210 mil alumnos, poco menos del 10 por ciento de la cobertura nacional.
De acuerdo con la propia SEP, 8 de cada 10 jóvenes que estudian en una universidad tecnológica o politécnica son los primeros en su entorno familiar en tener la oportunidad de estudiar una carrera tecnológica o de nivel superior. Se carece de un seguimiento real y completo sobre la inserción de sus egresados al mercado laboral, y aunque se hable de que muchos de ellos han logrado ingresos importantes, no existe una lista de egresados destacados en alguna rama.
Parece ser que el porcentaje aún es bajo, pues no suman más de mil 600 los alumnos en estas condiciones. Ni qué decir de su infraestructura escolar, de sus bibliotecas y acceso a las nuevas tecnologías; lo tienen, pero en un comparativo con el resto del subsistema de educación superior, pues es limitado. Sus cifras, en conjunto, aún están por debajo de muchas universidades con tradición histórica y académica.
En cuanto a su estructura y gobernabilidad, son instituciones que carecen de autonomía y de órganos colegiados como Consejos Universitarios o Juntas de Gobierno; se administran como oficinas gubernamentales y a pesar de que para ser académico de alguna universidad politécnica es requisito indispensable contar con posgrado, en su administración y gestión son conducidas bajo la burocracia gubernamental.
La elección de sus rectores recae en las Secretarías de Educación Pública estatales, y hay casos tan tristemente sonados que muestran lo que sucede al interior ellas. Por ejemplo, la acusación abierta a uno de ellos por el plagio de una tesis o a otro que formaba parte del PANAL o al que se le otorgó la chamba sin contar siquiera con la licenciatura. En estas fechas, en Zacatecas trasciende que son un nicho para contratar a viejos políticos desempleados. En pocas palabras, están a la disposición de los gobiernos estatales tanto en su presupuesto como en su gobernabilidad, lo que las aísla de ser entes críticos y observadores de las necesidades sociales.
Carecen de sindicatos de trabajadores o de académicos; el único intento de registro de uno fue en Durango y no fructificó. Tampoco se han constituido organizaciones estudiantiles, por lo que su trabajo ha sido continuo y sin escándalos de cierres o violencia.
Tampoco hay un registro claro de producción editorial, científica ni cultural. Y como sus planes de estudio se cumplen en periodos cortos, no mayores a tres años, pues son atractivas para muchos jóvenes, pero también se han convertido en un nicho de golpeteo para las universidades públicas estatales, que padecen con mucha frecuencia de la falta puntual de la entrega de sus presupuestos. Algunos de los gobiernos estatales utilizan el concepto de las universidades politécnicas y universidades tecnológicas para rendir cuentas de apoyo a la educación superior, al tiempo que desdeñan al Alma Máter de la entidad, como ocurrido en forma muy clara en Veracruz.
Aunque su filosofía es vanguardista, pues se refieren a la enseñanza bajo un esquema de competencias, no hay indicadores de su desempeño en conjunto. Ciertamente cumplir con dar cobertura no es suficiente. Mientras que las universidades con mayor tradición ocupan hasta cinco años en formar ingenieros, las universidades politécnicas lo hacen en tres. Al respecto, hacen falta indicadores –al menos públicos– de eficiencia terminal, reprobación, deserción y empleabilidad.
Las universidades politécnicas aún nos quedan a deber a pesar del posicionamiento que van adquiriendo cada día; mantener a la sociedad informada de sus avances es, sin duda, un asunto que ha quedado pendiente.

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