El lado obscuro

Entre Pasillos

JOSEFINA GALLARDO

Más de 900 toneladas de víveres se distribuyeron a distintos puntos del país afectados por los sismos recientes, producto del trabajo de cientos de voluntarios que se dieron cita en el centro de acopio del Estadio Olímpico de la UNAM. Un trabajo bien organizado y transparente, que se acabó después de que una asamblea de desconocidos determinó que el personal de las direcciones general de Atención a la Comunidad, y de Servicios Generales y Movilidad abandonara el recinto, argumentando falta de transparencia en el destino de la ayuda.

Ante este hecho la Universidad informó que no está en condiciones de supervisar el destino que tengan los bienes y suministros provenientes de la sociedad. Horas después, en el más puro asambleísmo, acordaron la entrega del Estadio Olímpico y se informó que las donaciones serán distribuidas a los sitios que más lo necesiten, pero no se abrirán nuevamente este centro de acopio. La ayuda se trabajará directamente en escuelas y Facultades. Fin de la historia.
¿Pero quiénes son los que actúan así? En los pasillos de la UNAM se dice que son los mismos que tienen ocupado el Auditorio Justo Sierra de la Facultad de Filosofía y Letras desde hace 17 años, y que han hecho una serie de actos ilícitos al interior del campus universitario que incluyen hasta narcomenudeo.
Con el argumento –por supuesto carente de pruebas– de que las autoridades universitarias han desviado los recursos recibidos a instancias gubernamentales como el DIF y Sedesol, decidieron asumir el control del centro de acopio. Estas personas que se decían estudiantes –por cierto, algunos cincuentones– no se identificaron ni informaron a que Facultad o escuela pertenecían. Simplemente consideraron que la presencia de la autoridad universitaria en el centro de acopio hacía poco transparente el manejo de las donaciones y se autonombraron el ejemplo de la transparencia.
Y es que así ha funcionado Okupache, cuyo nombre retomaron del movimiento Okupa, que surgió en España en los sesentas cuyo objetivo era ocupar espacios abandonados para realizar actividades culturales y políticas y que está muy alejado de sus propias intenciones. Nunca se les ha puesto un alto y cada vez tienen más presencia negativa en los distintos campus de la UNAM. Son un grupo que comulga con una ideología inventada por ellos mismos, con dogmas severos, encaminados a mostrarse como víctimas si son delatadas sus propias fechorías. Por ejemplo, dicen que el Plan DN III es un invento del gobierno para recordarle al pueblo la presencia de las instituciones represoras.
Entre sus argumentos anarquistas también señalan que las instalaciones universitarias pertenecen al pueblo de México y que la UNAM no es de los universitarios, sino que su misión es para acercar al pueblo al conocimiento. En sus mandamientos apuntalan no creer en las instituciones, son fundamentalistas con un discurso cargado de conceptos comunes; el materialismo dialéctico es su dogma principal aunque en realidad impunidad y jolgorio han sido su distinción.
Con el manejo del centro de acopio se dotaban de una despensa para muchos años más en beneficio de su propia causa. Ellos controlan el comercio ambulante afuera de las islas, que incluye desde luego puestos de comida. Son ellos los que exigen transparencia y rendición de cuentas, pero se encapuchan para gritarlo. Por eso es penoso que al centro de acopio hayan llegado los de la tierra de nadie, quienes vieron la oportunidad de controlar un nuevo territorio puma; nada menos que el Estadio Olímpico. Por suerte, la presión de los universitarios no se los permitió.
Lo que sucedió en el centro de acopio no es más que consecuencia de la falta de actitud de las autoridades ante las constantes protestas de los universitarios por los abusos de este grupo. Robar en estado de emergencia debería de ser una agravante del delito. Desde 2013 y 2014 en la PGR hay denuncias para echar fuera a este grupo, sin éxito hasta hoy; también se esperaba que con el cambio de autoridades en la Facultad de Filosofía y Letras hubiera también allí un cambio, pero nada. Ahora llegaron para aprovecharse de la coyuntura que brindaron los sismos y la organización de los universitarios para apoyar a los damnificados y controlar los víveres que aún no han sido distribuidos.
Desgraciadamente la Universidad no cuenta con una estructura para detener estas agresiones y falsos movimientos sociales, ni cuenta con un cuerpo de seguridad sólido para enfrentar estos atropellos de vándalos con careta de intelectuales. Lo único que le queda a la autoridad universitaria es informar del trabajo realizado y deslindarse de lo que suceda en otros centros.
Una sociedad generosa y una universidad organizada no merecen una autoridad omisa y desinteresada en el bien común. Las universidades públicas son el mejor soporte para la reconstrucción de este país, que incluye desde el trabajo de campo hasta la observación de manejo de los recursos. Son las aliadas del cambio, por eso cortarles las alas parece un acto que va más allá del más puro asambleísmo.

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