En aniversario de plata

Entre Pasillos

JOSEFINA GALLARDO

Uno de los proyectos más importantes y exitosos para impulsar el desarrollo de la ciencia se lo debemos al Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Conacyt), con el Sistema Nacional de Centros Públicos de Investigación, creado hace justamente 25 años, y que se ha convertido en uno de los impulsores de la investigación en distintas ramas y puntos del país.

Estos Centros, que tienen diferentes figuras jurídicas, son resultado de la reforma a la Ley Orgánica de la Administración Púbica Federal de 1992 cuando la Secretaría de Educación Pública asumió las atribuciones de coordinación y promoción del desarrollo científico. Inicialmente se denominó Sistema SEP-Conacyt, y después se convirtió en Sistemas de Centros Públicos de Investigación Conacyt con un concepto de integración y coparticipación entre instituciones y subsectores. Actualmente realizan investigación en Ciencias Exactas y Naturales con 10 Centros; Ciencias Sociales y Humanidades con ocho Centros, y ocho más en Desarrollo Tecnológico y Servicios; hay también uno especializado en el financiamiento de estudios de posgrado.
En los primeros 15 años de trabajo de este programa los resultados fueron muy alentadores: ya estaban integrados los 27 centros públicos de investigación en el país, de los cuales 20 tienen sede en 16 ciudades diferentes, pero al considerar sus Unidades o subsedes, esta presencia se extiende a 42 poblaciones en total, además de la Ciudad de México. También ya eran la membresía más importante del Sistema Nacional de Investigadores, seguidos por la UNAM, y el objetivo de generar ciencia para responder a los requerimientos regionales lo estaban cumpliendo muy bien.
En esos tres lustros crearon 34 programas de doctorado y 45 de maestría registrados en el Padrón de excelencia y dieron respuesta a problemáticas regionales muy variadas. Sin embargo, en los siguientes diez años se puede decir que se mantuvieron sin mucho avance, es decir, su crecimiento no fue tan notorio como en sus inicios. Mejoraron, pero a ritmo más lento. Esto hace evidente que no se ha brindado el financiamiento suficiente para que se avance en ciencia, tecnología e innovación en México. Ahora, por ejemplo, cuentan con 150 programas de posgrados inscritos en el Padrón.
En el presupuesto de 2018 la UNAM apenas va a recibir 0.3por ciento de recursos para este rubro. En años recientes, se ha destinado menos del 0.5por ciento del Producto Interno a actividades relacionadas con estas materias, y de ese porcentaje la mitad se utilizó en el mantenimiento de infraestructura, otra parte fue para administración y una cifra menor para la preparación de nuevos investigadores y la construcción de nueva infraestructura. Los Centros Públicos de Investigación ejercen 30por ciento del presupuesto del ramo que los limita a crecer con mayor consistencia.
Hace unos meses el Conacyt creó consorcios para facilitar la sinergia entre los centros públicos de investigación, algo totalmente novedoso incluso en el ámbito latinoamericano. Se trata de trabajar conjuntamente entre organizaciones para desarrollar proyectos que agreguen valor a los resultados de las investigaciones, como una forma de buscar nuevas fuentes ante la falta de recursos constante.
Sin embargo, aunque la idea es buena, en realidad el resultado de este nuevo modelo tendrá que evaluarse más adelante, principalmente cuando haya cambio de Administración y se defina si se sigue o no con este concepto de trabajo.
Por ahora, se puede decir que, en conjunto, los indicadores de los centros públicos de investigación representan una base importante del sistema científico y tecnológico en México.
Aún son la segunda posición en número de artículos científicos y miembros del Sistema Nacional de Investigadores, pero el trabajo que deben desarrollar es todavía aún titánico, pues en México no se logran aún dos metas: potencializarse en materia de ciencia y tecnología y generar investigación que responda a las problemáticas regionales.
En materia educativa 25 años representan una generación, por lo que se requiere que el desarrollo científico crezca al mismo ritmo que los subsistemas educativos, para responder a los requerimientos sociales. El rezago y la lentitud son evidentes, a pesar de los resultados observados.
Por ahora, al arranque de una nueva generación educativa se hace prioritario establecer estrategias con mayor planeación y énfasis que permitan generar el conocimiento tecnológico que transforme a nuestro país. Los consorcios son sólo una política más; el desarrollo científico se debe impulsar también desde el Poder Legislativo responsable de la designación de presupuestos. Tampoco se habla mucho de la presencia del sector empresarial a nivel regional, lo que hace suponer la urgencia de políticas de difusión científica aún más puntuales y planeadas. La difusión de la ciencia es uno de los grandes retos inconclusos.
Lo que han hecho los centros públicos de investigación es mucho a la luz de sus condiciones, pero poco en el margen de una línea de tiempo. Transparencia y planeación son los grandes ausentes para el desarrollo científico en el país y ya se hace necesario que se pongan en la mesa.

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