¿Cómo cambiar la escuela?…

Universidad en el mundo

FRANCIA

¿Cómo cambiar la escuela?…

Encuentro con Jean-Michel Blanquer y Edgar Morin *

(Final)

Jean-Michel Blanquer, ministro de la Educación Nacional, reserva a las Ciencias humanas su filosofía de la escuela y su concepción de su propio papel, en un diálogo en profundidad con el sociólogo Edgar Morin, defensor de una Educación más innovadora. Con respeto, muchos puntos de acuerdo, pero también algunas diferencias, el científico y el político dibujan los contornos de su escuela ideal.

– ¿Deberíamos mantener la organización de la enseñanza por disciplina o evolucionar hacia otros enfoques más transversales?

Edgar Morin.- Usted toca el nudo del problema de la escuela. Una de las urgencias es reencontrar el sentido de los grandes problemas, para bien o para mal, todos los grandes problemas son polidisciplinarios, por lo que terminan siendo excluidos de los programas. Tomen por ejemplo la cuestión del ser humano ¿qué es un ser humano? La respuesta no es enseñada en ninguna parte aunque toca a lo más profundo de nuestra identidad. Se encuentra explotada en Biología, Psicología, en Sociología, en Historia, etc.

Al compartimentar los conocimientos a través de las disciplinas, se forman las competencias especializadas, pero se atrofia la capacidad de vincular estos conocimientos y entonces considerar los problemas en su globalidad. Por eso pienso que hace falta hacer un uso mucho más frecuente de la interdisciplinariedad pedagógica. Cuando se estudia a Galileo, se tendría que solicitar al profesor de Física, al profesor de Historia y al de Filosofía… La crisis de 1929 le interesó lo mismo a los economistas, los sociólogos y los historiadores. Se podrían multiplicar los ejemplos.

Jean-Michel Blanquer.- La intención de Edgar Morin es excelente, pero me pongo en guardia contra las interpretaciones que nos harían caer en la fosa. Existe un riesgo de privilegiar a todo precio la interdisciplinariedad, lo de zambullirse en un gran todo o diluir el conocimiento. El conocimiento tiene necesidad de puntos de entrada para ser concreto. Edgar Morin, niño, ha leído ciertos libros. El cine ha sido igualmente importante para él. Se ha construido una cultura general. Sin embargo, me temo que algunos enfoques temáticos ahora sean en detrimento de la cronología de la Historia o la Gramática francesa. Si no se comprende qué es un sujeto, un verbo, un complemento, no comprenderemos las sutilezas de una novela de Dostoievski. Estudiar a los autores en un orden un poco lógico permite comprender por qué la Lengua ha evolucionado en la historia de la Humanidad. Las palabras clave, para mí, son estructuración y explicitación. Recibir una cultura estructurada y explícita es, en mi opinión, la condición previa necesaria para un pensamiento confiable como el de Edgar Morin.

– Concretamente, mantener, en los programas universitarios, las actividades interdisciplinarias como las English Proficiency Index o hace falta suprimirlas?

Jean-Michel Blanquer.- Creo que hace falta mantenerlas, pero también hace falta trabajar sobre la interdisciplina en el seno mismo de cada disciplina. En francés, eso supone estudiar a los autores, hacer incursiones hacia la Historia, la Sociología, la Ciencia, etc. Por eso estoy a favor de un acercamiento cronológico de la Literatura para tejer los lazos con la Historia. Añado que la escuela primaria francesa ya es muy moriniana, ya que la clase está animada por un solo maestro entrenado para construir puentes entre el conocimiento. Y la Historia y la Geografía, por ejemplo, son dos disciplinas vinculadas por un solo maestro. También es por nuestros métodos de evaluación que se puede incitar naturalmente a la interdisciplinariedad, por ejemplo, proponiendo una por ejemplo, proponiendo para el diploma una prueba de Historia del Arte.

Edgar Morin .- La interdisciplinariedad supone la disciplina. No es la confusión sino el enlace. Ser interdisciplinario no es ser antidisciplinario. Es hacer comunicar las diferentes disciplinas, es nutrir su espíritu y complejizar su pensamiento. Las disciplinas son muy fecundas cuando se abren. Es decir, hay temas que son interdisciplinarios y otros que no lo son, y repito que a mis ojos los grandes temas como ¿qué es el hombre en el mundo?, necesitan una nueva formación transdisciplinaria, lo que ha hecho el mismo Jean- François Dortier cuando creó la revista Sciences Humaines. Las ciencias como la Ecología, las Ciencias de la Tierra, la Astrofísica son transdisciplinarias.

– Un chico que ha pasado quince años en la escuela ha visto esencialmente a los profesores, los pizarrones, los cuadernos. Debe elegir una orientación para su vida. Debe también prepararse a administrar un presupuesto, a tomar su salud en mano, a acomodarse a la alteridad humana. ¿Hasta dónde casa el objetivo de enseñar a vivir con la forma escolar?

Jean-Michel Blanquer.- La escuela de la vida, que es un concepto que tenemos en común, no puede existir sin una capacidad de conocer el exterior. La escuela es un santuario, pero un santuario que se abre. Me parece muy importante desarrollar la capacidad de la escuela de ver hacia afuera. Hoy existen alumnos que nunca han visto el mar; existen alumnos que nunca han visto el centro de la ciudad donde viven en la periferia. En el futuro voy a tomar iniciativas para sistematizar los viajes escolares.

También hace falta dar un sitio más grande a saberes prácticos, valorar mejor los trabajos manuales, sin oponer o jerarquizar inteligencia manual y teórica. De este punto de vista, lo que hace la asociación manos a la obra, en la escuela primaria y la universidad, es muy pertinente: iniciar el proceso científico a través de la manipulación y la experimentación, vinculando el pensamiento científico a los problemas actuales, desde una perspectiva multidisciplinaria.

En fin, creo en la transmisión artística y cultural para ligar la escuela a la vida. La Literatura es una escuela de la vida. También el arte y la música. Lo que hemos propuesto con el entrada a la música no ha sido anecdótico. Se trata de mostrar que se ingresa a la escuela con felicidad; la cultura y en ocurrencia con la música, es un hilo conductor de lo que debe pasar enseguida: la escuela debe ser un camino para expresarse y desarrollarse en tanto que individuo.

Edgar Morin.- Enseñar a vivir no es dar recetas. Las Humanidades tienen un papel que jugar. La Literatura es un acceso extremadamente concreto al conocimiento del ser humano. La Filosofía es el aprendizaje de la reflexión, es la herramienta para reflexionar en segundo grado de todo los que se hace en la vida. El cine, el teatro, la poesía, el Arte y la música son la pasión y la emoción a través de las cuales pasa el conocimiento. Sabemos que las ideas no se transmiten más que con pasión. Si no hay pasión el espíritu se seca. Estamos condenados a vomitar los saberes consumidos. Uno de los grandes descubrimientos de las Ciencias del cerebro, que se encuentra en Jean-Didier Vincent o Antonio Damasio, es que no hay centro de la razón pura.

Una vez que se excita un centro racional, también es excitado un centro emocional. Dicho de otro modo, tenemos necesidad permanente de una dialéctica razón/pasión. Hace falta recordarlo, porque la enseñanza de las Humanidades tiene una tendencia ser reprimidos por una cultura científica y tecnocientífica, cuando que las dos culturas deberían comunicarse permanentemente. La razón helada es espantosa; la pasión sin razón, es el delirio. Y como decía Platón, para enseñar se necesita de Eros. El amor del conocimiento y el amor de los alumnos deben estar enlazados.

– El saber es desde ahora accesible por todas partes en el teléfono móvil, la tableta o el ordenador. ¿Cómo pensar el papel del docente a la hora de las nuevas tecnologías?

Edgar Morin.- El papel del enseñante ha cambiado, diría que tiende a engrandecerse. Hasta el presente, el docente distribuía los conocimientos, después pedía un segundo tiempo para reflexionar. Ahora, el profesor de Historia no tiene necesidad de recitar Waterloo. Los alumnos pueden ir a buscar por ellos mismos. El docente se vuelve un director de los conocimientos que guía a los alumnos en el océano confuso y caótico de los conocimientos accesibles en la Internet. Da profundidad al tema gracias a su conocimiento más amplio y más competente.

Jean-Michel Blanquer.- Se trata más precisamente de un redescubrimiento de lo que es el profesor históricamente. El profesor ahora disfruta de condiciones para convertirse, en cierto modo, en un preceptor colectivo.

Pero para la mí la gran pregunta de nuestra época es saber si un mundo más y más tecnológico puede ser un mundo más y más humano. ¿Cómo utilizar todas las virtualidades de manera humanista? En el caso de la escuela la respuesta pasa por el carácter central de la biblioteca; tanto en sentido físico como simbólico. Debe ofrecer la capacidad de leer libros y artículos, a estar en silencio, concentrado, lo que es un entorno muy importante de la antropología de la adolescencia contemporánea. Al mismo tiempo, ese mismo lugar debe ofrecer espacios más colectivos, digitales, para permitir a los estudiantes buscar los conocimientos, de traerlos a la clase y de hacer ahí las preguntas. Debemos estimular las capacidades de exploración y de concentración que pueden ser socavadas por la tendencia contemporánea de zapping.

– Entre las orientaciones del Élysée y las resistencias de la base, concretamente cómo espera reformar la escuela: por la ley, por la experimentación, apoyándose sobre los actores de tierra?

Edgar Morin.- Toda una parte puede ser cambiada desde el mismo Ministerio de la Educación Nacional, principalmente en lo que concierne a la introducción de nuevos temas en los programas escolares.

Cuando las resistencias comiencen a operar, falta probar y convencer: las experiencias piloto pueden llegar a demostrar su excelencia. Creo mucho en el poder de las microexperiencias locales para cambiar la sociedad. El cambio pasará también por la transformación de los profesores para que ellos puedan enseñar las nuevas temáticas que defiendo. Entiendo que un ministro no puede todo; ciertas cosas son externas a la escuela. Por ejemplo, la cuestión de la desigualdad social no puede ser tratada por la escuela sola, porque es parte de la sociedad misma y de las políticas generales del país.

Jean-Michel Blanquer.- No pienso que haya necesidad de una ley para cambiar la escuela, ni de una reforma con una R mayúscula, decretada desde arriba. Hay necesidad, primero, de crear las condiciones de una sociedad de la confianza. Cuando observo las sociedades escandinavas, constato que la confianza produce círculos virtuosos. La gente confía en su escuela, y en cambio la escuela produce confianza: confianza respecto a los actores, confianza mutua y, en fin, confianza de los alumnos en ellos mismos. Este problema rebasa a la escuela; en Francia la gente tiene suficiente confianza de unos respecto a los otros. Por eso estoy hablando sobre la sustancia de las cosas; hablo poco sobre las cañerías, procesos o las normas; me expreso sobre una filosofía, por intentar crear progresivamente las condiciones de este retorno de la confianza de la sociedad en su escuela. Y de la escuela en la sociedad. Depende de mí revivir un discurso positivo sobre la escuela. Y hacerlo, ilustrándolo con medidas concretas que cambian el día a día y tienen un efecto de palanca.

– Pero la confianza no se decreta ¿cómo la va a crear y difundir?

Jean-Michel Blanquer.- Pienso que la confianza pasa por el discurso apoyado por los actos. Es la razón por la que mi primer discurso ha sido un discurso de confianza. A todos los actores del sistema y principalmente a los profesores, dije: les tenemos confianza, siéntanse sostenidos por la institución. Les toca a ustedes, que están más cerca de la tierra, contribuir a las soluciones de los problemas que se encuentren. Les pido a los jefes del establecimiento y a los rectores dar confianza a los alumnos y a los alumnos respetar a los profesores, le pido a las familias de tener confianza en la escuela. Lo que deseo de esta cadena es que los franceses tengan confianza primero en ellos mismos, es decir desarrollen esta capacidad de expresarse por escrito y verbalmente, a entrar en la vida con más fundamento gracias al conocimiento y los valores de los que se conocen titulares. No me quiero exonerar de las preocupaciones prácticas que existen en tal Ministerio: el reclutamiento de los profesores, su formación inicial y continua tanto como la mejoría de su bienestar en el trabajo. Voy a proponer medidas para desarrollar la relación familia- escuela, que es un punto débil francés: el reforzamiento del maletín de los padres va a permitir organizar las reuniones en pequeños grupos, para explicitar las esperanzas escolares y educativas; por qué el niño está ahí? ¿Cuáles son las apuestas? ¿Por qué hay tareas por hacer? ¿Qué tiempo de sueño es necesario? ¿Por qué llevarse los libros a la casa?

Sobre estos temas, la alianza escuela-familia debe funcionar para evitar distorsiones, Vale más tener padres que no han ido a la escuela, que tienen pocos medios, pero que creen en la escuela, que padres acomodados y cultivados, pero que desprecian a la escuela y no siguen la educación del niño. La confianza, a todos los niveles es un poderos antídoto contra los determinismos sociales.

Edgar Morin.- Restablecer la confianza también es volver a dar a los enseñantes la confianza en ellos mismos, en su poder y en su papel. No son solamente los profesores encargados de una materia. Tienen una misión fundamental, grandiosa, tan bella como la de los médicos.

* Jean-Michel Blanquer es ministro de la Educación Nacional desde el 17 de mayo de 2017, igualmente está a cargo de las cuestiones de la juventud y de la vía asociativa. Previamente, ha sido rector de la Academia de Guyane y de la Academia de Créteil, director general de enseñanza escolar (diciembre 2009-noviembre 2012) y director general del grupo Essec. Diplomado de una maestría de Filosofía (U. Paris-I), tesis de Derecho (IEP-Paris). Ha escrito La escuela de la vida (Odile Jacob, 2014) y La escuela de mañana (Odile Jacob, 2016).

Nacido en 1921, Edgar Morin es sociólogo y filósofo, director Investigación emérito en el CNRS. Ha abierto numerosos sitios en Antropología, en Sociología (estudiando la cultura de masas, la juventud, y elaborando una sociología del presente), antes de consagrarse a su proyecto: la teoría de la complejidad. Su obra atraviesa por un constante cuestionamiento sobre lo que es el conocimiento: sus condiciones, su naturaleza y sus fines. El primero que bajo esta ángulo aborda las grandes apuestas de la Educación, principalmetne en La Tête bien faite (La cabeza bien hecha 1999), Conectar los conocimientos, (1999) y Enseñar a vivir (2014).

(Tomado de Sciences Humaines –Héloïse Lhérété et Jean-François Dortier–, diciembre de 2017).

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