Un año de Donald Trump: ¿van bien o mal las universidades de EU?

Universidad en el mundo

ESTADOS UNIDOS

Por John Morgan

Primera parte

John Morgan viajó a la Universidad de California, Berkeley, un campo de batalla clave en las guerras culturales, para evaluar el estado de ánimo hacia la educación superior de EU y las amenazas que enfrenta.

Si un nuevo tipo de cultura de guerra se libra sobre las universidades y colleges norteamericanos, entonces la Universidad de California, Berkeley, ha sido el campo de batalla definitivo. La decisión de la universidad de cancelar la agenda de pláticas del provocador de ala derecha Milo Yiannopoulos, de hablar por razones de seguridad, frente a una protesta de los manifestantes del bloque negro, fue aprovechada por Donald Trump como un ejemplo de parcialidad del campus contra las opiniones de la derecha. El presidente, quien había tomado posesión dos semanas antes, amenazó con un tweet acabar con el financiamiento federal a Berkeley. Todo eso parece un recuerdo lejano, ya que el famoso campus de Berkeley se consume con los preparativos para el Gran Juego de fútbol americano universitario entre los osos de oro de California, Berkeley y su archirrival, Stanford cardinals. Las ruidosas reuniones de estudiantes están repartiendo folletos para el culminante rally hoguera, que consiste en la quema de una torre gigante de paletas de madera rematada con una bandera de Stanford. Simplemente buena, inofensiva diversión estudiantil.

Pero el legado político de los enfrentamientos por la libertad de expresión también se está discutiendo en Berkeley hoy, en una conferencia sobre “el nuevo nacionalismo y las universidades”. Carol Christ, quien tomó las riendas como rector de Berkeley de manos de Nicholas Dirk, en primavera, dijo en la conferencia: “La libertad de expresión ha sido adoptada por el alt-right como una de sus estrategias para construir una narrativa sobre universidades que es extremadamente útil para sus objetivos políticos”.

Para quienes suscriben la teoría de guerras culturales de la política de EU, el término es usado para referirse a un cambio político que creen se inició en los 1960, por lo que las divisiones clave en el debate político se asociaron menos con la clase o la economía y más con la identidad cultural y los valores. Y, con razón o sin ella, las instituciones de educación superior se han asociado mucho con el lado liberal en ese conflicto. Las preocupaciones conservadoras sobre su parcialidad percibida de la izquierda se remontan a décadas atrás, pero han aparecido al calor de la elección de Trump, el aumento de las redes sociales y las formas alternativas de los medios de comunicación, y quizás también por las perspectivas económicas empeoradas para muchos estadounidenses, desde la crisis económica de 2008.

La cobertura frenética de las controversias de libertad de expresión en el campus, ha derramado gasolina en hogueras que ya ardían; encuestas recientes muestran la disminución de la confianza en las universidades entre los partidarios republicanos y ha alarmado a muchos en el sector y algunos expertos en educación superior creen que las medidas en el proyecto de ley recientemente aprobado que afectará a las universidades, abren un nuevo frente en las guerras culturales. (…).

Como el presidente 45 continúa avivando las llamas de la división política, algunos podrían ser perdonados por ver en esos incendios una metáfora de las amenazas a las que se enfrenta la educación superior estadounidense. ¿A cuántas de las escuelas estatales y nacionales consumirán las llamas?

Erwin Chemerinsky, director de Derecho Berkeley y coautor del reciente libro Free Speech on Campus, puso en contexto los recientes hechos. Volviendo a los 1950, el macartismo, “la lucha para tratar con los comunistas fue en gran parte (conducida) en los campus universitarios… las protestas por los derechos civiles a menudo se dirigían a las universidades, las protestas contra Vietnam se centraban en las universidades”.

Por tanto no es sorprendente que si va a haber las llamadas guerras culturales, los campus estarán en el centro de ellas”. Y “si los conservadores quieren elegir un lugar como objetivo, es fácil ver por qué seleccionan Berkeley”.

En respuesta a la cancelación de su conferencia, Yiannopoulos, ex editor del sitio de noticias Breitbart de la alt-right (derecha alternativa), planeó una Semana de Libre expresión en Berkeley, con voceros del ala derecha. Sin embargo, la canceló después de que la universidad había planeado seguir adelante. En septiembre, Berkeley aseguró ser capaz de hacer una conferencia de prensa en el campus que se llevó a cabo sin incidentes, pero con costos de seguridad para la institución pública de aproximadamente 800 mil dólares.

Otra controversia hizo furor en abril por la no aparición del autor derechista Ann Coulter en Berkeley, mientras que en septiembre el comentarista conservador Ben Shapiro, autor de Brainwashed: How Universities Indoctrinate America’s Youth, (Lavado de Cerebro: Cómo las Universidades Adoctrinan a la Juventud de Norteamérica), pudo hablar en medio de una importante operación de seguridad. “A veces su marca es su maldición”, dice el politólogo Henry Brady, decano de la Escuela de Política Pública Goldman, de Berkeley, señalando que la universidad es “el hogar del Movimiento de Libertad de Expresión”. Originado en la izquierda durante la era de los derechos civiles de 1960 y continuado durante las protestas contra la Guerra de Vietnam, el Movimiento presionó a los administradores de las universidades para levantar la prohibición de la actividad política en el campus. “Somos el lugar en donde los estudiantes de Norteamérica tienen una oportunidad real de traer voceros políticos al campus, sin que lo tenga que hacer un profesor o administrador”, dijo Brady. “Por eso lucharon, así que ahora es muy difícil para nosotros decir… al club republicano de Berkeley: “no se puede invitar a Ben Shapiro”, o al club patriótico de Berkeley: “no se puede invitar a Milo Yiannopoulos”. Aunque personalmente haría una distinción entre los dos: pienso que Shapiro es más digno de ser escuchado; pienso que Yiannopoulos es un todo un imbécil”.

Con su Semana de Libertad de Expresión, Yiannopoulos “esperaba que realmente podría desacreditar a Berkeley y por lo tanto, al final, ser rechazado (por las autoridades universitarias)”, dice Brady. Eso le daría una “gran historia de Internet” acerca de la parcialidad liberal de Berkeley. Al permitirle organizar su evento “Carol Christ jugó al pollo con él, y él giró primero”.

Sin embargo, si Yiannopoulos tenía como meta desacreditar a las universidades, quizá lo pudo haber logrado parcialmente, de todos modos. En junio pasado, los titulares destacaron una encuesta realizada por el grupo de estudio no partidista Pew Research Center. Se preguntó a los estadounidenses sus puntos de vista sobre cinco grupos de instituciones nacionales: organizaciones religiosas, sindicatos, los medio nacionales de noticias, colegios y universidades. Los votantes republicanos y sus seguidores independientes, vieron a los medios menos positivamente: 85 por ciento pensó que tienen un “efecto negativo de cómo van las cosas en el país”. Pero 58 por ciento de quienes apoyan a los republicanos siente lo mismo sobre las universidades y los colegios; por contraste, 72 por ciento de quienes apoyan a los demócratas dijeron que las instituciones de educación superior tienen efecto positivo. Lo particularmente sorpresivo es el hecho de que, hace sólo dos años, “un 54 por ciento de los republicanos y seguidores dijo que las universidades habían tenido un efecto positivo, mientras 37 por ciento dijo que su efecto era negativo”, destacó el Centro.

(Tomado de The Chronicle of Higher Education John Morgan –, febrero de 2018).

Deja un comentario