¿Hacia cerebros Google?

Universidad en el mundo

FRANCIA

Romina Rinaldi

¿Nuestra atención, nuestra  memoria, nuestros razonamientos, han sido cambiados por la aparición de Internet. Para lo peor o lo mejor?

En noviembre de 2017, Arte difundió un documental intitulado ¿Mañana, todos cretinos? Éste se abre en algunas escenas del film Idiocracy, en el cual ciudadanos ordinarios se despiertan después de una hibernación de cinco siglos para descubrir una sociedad descerebrada, fascinada por la diversión y el consumo, y que, según toda probabilidad, corre a su pérdida (la tierras se han vuelto infértiles a fuerza de regarlas con bebidas energizantes).

Siempre en 2017, en Francia, varios medios simultáneamente dieron la noticia de una baja en el IQ de los franceses entre 1999 y 2009. Una tendencia que se observaría además por todo el Occidente. ¿Será eso nuestro apocalipsis? ¿Una regresión de nuestras capacidades intelectuales que conducirían ineluctablemente a nuestras sociedades hacia su término? ¿Y quiénes son los culpables?… Se evocaron muchos… y de todo tipo: disruptores endócrinos, consumo temprano de drogas blandas, factores demográficos. Pero sobre todo: las nuevas tecnologías. Además, si se echa un ojo alrededor, es una apuesta segura que alguien cercano esté ocupado con su teléfono inteligente. Eso no es una apuesta arriesgada: más de uno sobre dos franceses poseen uno… y mantienen con él una relación casi funcional. Más que una prolongación de nuestras manos ¿Internet y los teléfonos inteligentes se han vuelto una prolongación de nuestro cerebro?

La memoria transactiva

¿Qué es lo que una Internet ha cambiado en nuestras vidas? Ciertos investigadores piensan que uno de los mayores impactos de esta tecnología es la de ahorrarnos esfuerzos de memoria. En efecto, cuando toda la información de la cual se puede tener necesidad está al alcance de tu mano, ¿qué sentido tiene abarrotar su mente? Internet es entonces eso que se llama una forma de memoria transactiva: una memoria donde la información es recogida, reencontrada y almacenada fuera de nosotros mismos. Seguro, guardar las informaciones fuera de nuestra memoria física no tiene nada de nuevo en sí: el uso de registros, de libros, de cartas…o aún contar con el hecho de que su cónyuge le recuerda algo, son formas de memoria transactiva que no datan de ayer. Pero la facilidad con la que se puede de aquí en adelante encontrar una información, también que la suma de conocimientos disponibles con Internet son las verdaderas revoluciones. ¡Esa puede ser toda la diferencia!

En un estudio aparecido en 2011, en la revista Sience, Betsy Sparrow, profesora de Psicología en la Universidad de Columbia, se interesó directamente en la manera en la cual investigamos y almacenamos las informaciones cuando están a la puerta de un clic.

En su experiencia, comienza por preguntas a los adultos, codificar 40 informaciones factuales en un ordenador (por ejemplo el ojo de un avestruz es más grande que su cerebro)

Los científicos dijeron a la mitad de los participantes que la información sería conservada en el ordenador y la otra mitad sería borrada. Cualquiera que sea la configuración, todos deberían recordar la información sin poder acceder a ella. Los resultados indican que las personas que piensan que el ordenador va a conservar la información son menos eficaces para acordarse de ella… Nuestra forma de codificar la información, por lo tanto, cambiará fundamentalmente tan pronto como haya una forma de cibermemoria (en otras palabras, la mayor parte del tiempo).

La ilusión del conocimiento

Para apoyar un poco más esta idea, B.Sparrow y su equipo enseguida buscaron saber a qué punto somos dependientes de Internet desde que se trata de responder a una pregunta. Para eso realizaron una experiencia durante la cual pusieron preguntas de cultura general a los participantes. Los temas eran primero simples, después complejos. Después de cada serie de preguntas, les propusieron una tarea de Stroop a los participantes. Esa prueba consiste en presentar las palabras escritas en varios colores y preguntar a la persona no leer la palabra sino decir el color de la tinta (lo que es contra intuitivo para nuestro cerebro). Este tipo de protocolo permite sabe a qué punto el contenido de una palabra retiene nuestra atención: es más difícil para nosotros nombrar el color; significa que estamos más atentos al contenido de la palabra. En el experimento en cuestión, las palabras presentadas fueron marcas registradas (Nike, Campbells…) o los nombres ligados a los ordenadores (Google, Apple…). Los resultados mostraron que entre más difíciles son las preguntas, más tendemos a atenernos a palabras relacionadas con Internet… ¡No es fácil dejar de pensar en eso! Esta dependencia cognitiva tiene un nombre consagrado: el offloading cognitivo (el quitar lastre cognitivo)

En fin, en un estudio aparecido en 2015, Matthew Fisher y sus colegas de la Universidad de Yale pidieron a unas personas autoevaluar sus capacidades cognitivas al reaccionar a afirmaciones como soy bastante bueno para recordar las cosas,

Esta evaluación fue propuesta después de haberles pedido responder a preguntas de cultura general con o sin la ayuda de Google. Los resultados indican que las personas autorizadas a utilizar Google se sintieron más mal. Y eso, también, cuando artificialmente, los investigadores dieron una realimentación negativa a cada una de sus respuestas. ¡Después de todo, Google nunca se equivoca!

Los zombies del smartphone

Espantoso ¿no? Y aún: en estas experiencias, ciertos sujetos estaban deliberadamente privados de Internet. O, desde los años 1990, los smartphones han entrado en la ecuación (¿de la estupidez?). En el contenido, no tienen ni más ni menos impacto que Internet en una computadora convencional, pero su accesibilidad, por otro lado, sería perjudicial, para… nuestra atención.

Así, en 2017, los investigadores de la Escuela de Comercio Mc Combs, en Texas, publicaron unos resultado indicando que entre más llevamos a mano nuestro smartphone (¡incluso apagado!) somos menos capaces de concentrarnos. Una parte de nuestros recursos estaría entonces ocupado por el irreprimible deseo de checar nuestro teléfono. Pues bien está que se hiciera lo más, aparentemente: consultar brevemente, pero de manera repetida nuestro smartphone, según un estudio publicado en 2011, en la revista Personal and Ubiquitous Computing. Un comportamiento que buscan promover los desarrolladores de aplicaciones, aumentando notablemente los sistemas de notificación (la tentación de consultar el contenido se vuelve incontrolable).

Atreverse a ver las notificaciones se vuelve casi un asunto de salud pública, tanto que favorecerían considerablemente los comportamientos de desatención y de hiperactividad.

En 2012, los investigadores de la Universidad Virginia en Columbia Británica, han llevado a cabo un estudio sobre 200 estudiantes universitarios a quienes sucesivamente se privó de sus teléfonos durante una semana; luego a quienes les pidieron, durante la segunda semana, mantener su teléfono a mano con las notificaciones activadas en todas las circunstancias. Al final de cada semana, los estudiantes llenarían un cuestionario utilizado en la evaluación de los comportamientos ligados a problemas de déficit de atención (TDA/H). Los resultados de esta encuesta indican que los estudiantes que no tenían problema de hábito reportaron más síntomas de TDA/H cuando las notificaciones estaban activadas sobre sus smartphones (por ejemplo: estar fácilmente distraídos o aburrirse rápidamente)

¿Más tontos…o inteligentes

de manera diferente?

A pesar de este cuadro un poco sombrío no se trata de arrojar al bebé al agua. Porque Internet y nuestros smartphones pueden representar también un increíble apoyo a nuestro pensamiento. Por ejemplo, en las personas de edad, el hecho de llevar investigaciones sobre Internet podría detonar la activación de regiones del cerebro ligadas al razonamiento y a la toma de decisiones complejas, lo que es un activo real, ya que son vulnerables a la declinación. Además, ¿cómo explicar que en las sociedades tan conectadas como la nuestra, en China o Japón, por ejemplo, el IQ indudablemente continúa aumentando? Es que, a menudo, el prisma a través del que se analiza un fenómeno puede diseñar para nosotros conclusiones ya hechas. Cierto, Internet cambia nuestra manera de almacenar y de buscar información, nos hace subestimar nuestros conocimientos y nos vuelve menos atentos cuando no podemos consultar nuestro teléfono inteligente a nuestra manera. Pero ¿somos realmente más tontos hasta el momento?

Eso sería negar el hecho de que nuestra inteligencia de adapta a los cambios de la sociedad. Por poner el razonamiento al extremo: realmente habrá aún necesidad, en la sociedad de mañana, de recordar lo que sea? ¿Las preguntas planteadas por el mundo científico o las pruebas cognitivas no deberían adaptarse a estos profundos cambios sociales? Bien entendido, esta visión radicalmente opuesta del fenómeno no es la más deseable, pero tiene el mérito de abrir el debate.

Los likes y los gatitos

Ciertos científicos ya han tomado la contraria de las investigaciones fustigando el impacto de Internet. Por ejemplo, se sabe que nuestra capacidad de concentrarnos no es lineal y que, para poder mantenerla, hacer una pausa cada quince minutos podría ser saludable. Un investigador de la Universidad de Melbourne se planteó la cuestión de saber si, por una vez, Internet y las redes sociales no pudieran ayudarnos. Él probó la vigilancia de un grupo de trabajadores de oficina y les pidió hacer cortas pausas regularmente. Durante esas pausas una parte del grupo debía consultar informaciones en Internet, otra debía consultar Facebook y otra debía descansar cerca de su escritorio sin hacer nada. Los resultados indican que todos los grupos eran igualmente eficaces en su trabajo. Sin embargo, en una décima parte del estudio, esta vez basado en una encuesta a gran escala, el investigador pudo constatar que solamente los trabajadores jóvenes (alrededor de 30 años) estimaron que consultar Internet y las redes sociales a intervalos regulares tuvo un impacto positivo sobre su trabajo. Una explicación posible es que la tecnología podría forzar, o en todo caso incitar a hacer los breaks (cortes) necesarios para mantener la atención y romper la monotonía, lo que evitaría sentimientos como la frustración o la cólera. Otro estudio, que se volvió viral en 2012: la prueba científica de que mirar fotos de los animalitos (no animales adultos o de alimento) nos ayudaba a mostrarnos más aptos para diferentes tareas (motríces y cognitivas). Al activar emociones positivas, los gatitos tenían el poder de aumentar y dirigir mejor nuestra atención! ¿Y todo eso puede hacerse directamente desde nuestro lugar de trabajo: práctico, no es así?

Interne no está para demonizarlo forzosamente. Yo misma, un orgullosa representante de la generación Y, he consultado al menos una decena de veces mis mails, vi un video en YouTube y pedí té en línea, desde que comencé a escribir este artículo. Y sin embargo, espero que no se tenga la impresión de estar pasando por la última prueba de nuestra decadencia intelectual. Una cosa es segura: Internet y los smartphones cambian nuestras vidas, nuestra manera de razonar, de funcionar y, probablemente a largo plazo, la organización de nuestro cerebro. Pero si nos volvemos efectivamente más tontos ciertamente ellos no tienen toda la culpa.

El efecto Flynn: ¿generación cretina?

El siglo 20 ha estado marcado por un impulso considerable de nuestras capacidades intelectuales. Entre 1932 y 1978, los conteos obtenidos en las pruebas de inteligencia estandarizadas han aumentado 13.8 puntos. Sabiendo que sólo se necesitan 15 puntos para saltar una porción y pasar de un IQ promedio a un IQ más alto que éste, estos 13.8 puntos representan un salto gigantesco. Este fenómeno es más conocido bajo el nombre de efecto Flynn, de James Flynn, profesor de Ciencias políticas en la Universidad de Otago, cuyos primeros estudios en la materia datan de 1984. Sin embargo, recientemente un número creciente de investigaciones parecen sugerir una inversión de la tendencia; en al menos siete países europeos, con Francia, se constataría una pérdida de alrededor de 2.44 puntos del IQ por decenio entre 1975 y 2009. Para los investigadores que sostienen la hipótesis de este efecto Flynn invertido no hay nada de sorprendente a lo que las dos tendencias (ganar IQ y perder IQ) coexisten en el mundo. Para ellos, el efecto Flynn es ante todo un efecto ambiental: allí donde una visión científica del mundo se ha impuesto poco a poco, el IQ ha aumentado hasta alcanzar un techo antes de que otros factores lo hagan declinar. Entre ellos, se encuentra en buen lugar el advenimiento de las nuevas tecnologías. El hecho de que esta declinación comience en los años 1990 suscita la curiosidad de los investigadores, porque corresponde a la llegada del Internet en nuestros escenarios.

(Tomado de Sciences Humaines, abril-mayo de 2018).

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