...Crónica de la Educación Superior...

De la mano del viento de Mariángeles Comesaña

Luis Porter


De la mano del viento (El Tucán de Virginia, México, 2011), es un libro que debería leerse en todas las universidades de habla hispana, y con mayor razón más aún en las mexicanas, (las mismas a las que este semanario llega anunciando su aparición). Lo deberían leer los estudiantes de Literatura, sí, pero también los de Veterinaria, sin hacer a un lado a los de Arquitectura, e inclusive los de artes marciales o gastronomía. En suma, toda escuela en la que exista un estudiante con alma de poeta, debería incluir en su biblioteca un ejemplar de este libro.
La seguridad con la que hago estas afirmaciones se basa en razones, ninguna de ellas arbitraria: la primera es que se trata de un libro hermoso, hermosamente escrito, un libro que revela la dulce y a veces dolorosa intimidad de una mujer mexicana, como imaginamos que deberían de ser todas las mujeres mexicanas: valientes, generosas, firmes, musicales, atrevidas y enamoradas. Pero además de estas razones incontrovertibles por subjetivas, existen otras que quiero compartir con el lector interesado en la buena educación y la buena poesía.
La autora de este libro, además de escribir, transita por el minucioso proceso de hacer libros. En su vida profesional, que incluye la literaria, cuida textos de otros, revisa sus párrafos, los pule minuciosamente hasta asegurarse que están listos para entrar y salir de la imprenta impecablemente escritos y diseñados. Y es esa misma persona, la que, maestra de las reglas y experta en los intrincados vericuetos de su geometría, regresa a su escritorio, para jugar con ellas hasta sorprenderlas. Se trata de un oficio minucioso y artesanal, cuyo placer radica en manejar los secretos escondidos del lenguaje para expresar las emociones de la vida. Un oficio difícil, pero no muy diferente al del que es capaz de construir una guitarra y después tocarla. Y al mencionar este instrumento, sin haberlo pensado dos veces, me doy cuenta que estoy trayendo a escena a Juan Manuel, el hijo de Mariángeles que es un excelente músico dedicado en alma y vida, a la guitarra. Es entonces, doblemente atinada la metáfora, porque la poesía de Mariángeles es comparable al trabajo de los que dibujan, tallan o modelan una guitarra con sus cuerdas, su mástil, su caja de resonancia, su círculo central, abismal y oscuro, las clavijas, los misteriosos mecanismos que articulan la conjunción de formas y elementos que terminan siendo sonido, canción.
Esto es lo que le diría al estudiante de cualquier carrera que se dispone a darse tiempo para leer este libro: que está leyendo el resultado del trabajo de una laudista del lenguaje, perita en hacer vibrar el aire que existe entre las cuerdas. Un aire que a veces es brisa y otras viento. Porque es desde este aire que Mariángeles ha ido y ha regresado de la tierra de sus padres, que es también su tierra, llamada Galicia. Y es de la mano de ese viento que a veces sopla fuerte y otras acaricia, que nos lleva por sus caminos mexicanos, los que aprendió a transitar desde joven como alumna de la Escuela de Antropología, y todos los largos periplos que regresan siempre a su Ciudad de México. Su ser hispano-mexicano, abarca un mapa en el que el río Miño, se entrevera con los que bañan los litorales mexicanos, con sus aldeas, montes, y en el centro de su geografía ese naranjo que quitó el hambre en la casa de su abuela paterna durante la cruenta guerra civil española. Todo ello es parte de la tinta con la que están escritos sus poemas.
Hago un recodo para mencionar que el exilio, las migraciones, la realidad de los hijos de padres que han llegado de otras partes, hace que el alma germine de otra manera. México se ha nutrido de estas forzadas polinizaciones, latentes en estos poemas como en su memoria, hecha de memorias ancestrales, con sus paisajes, colores, ritmos, aromas y sabores diferentes. El itinerario del migrante siempre tendrá la forma de una herida abierta, hecha de huellas y recuerdos siempre en movimiento.
Pero hay otros atributos que forman parte del repertorio de artes y artesanías que domina esta diestra poeta mexicana. Su vocación por las filigranas, los bordados, que incluyen esos adornos hechos con minuciosas manos campesinas, que ella viste y colecciona... y detrás de ese laberinto de roperos, joyeros y diminutas repisas, la cocina. La cocina constituye sin duda otra de las más importantes fuentes de inspiración de Mariángeles, o como ella misma le llama, más atinadamente, otro espacio surtidor de apetitos. En un poema menciona el punto de la sal como magia de siglos que llena nuestra vida de apetitos. Imagino la cocina de su infancia, un libro vivo de recetas, de textos verticales, líneas desde las que se desgranan ingredientes, proporciones, la alquimia poética de la comida. “Las lecciones del caldo gallego y su cocido, de la masa quebrada contra la mesa antigua de madera. La cocina es el lugar de encuentro más calientito, en la vieja casona de Ordenes, el pueblo de la abuela, la lareira estaba precisamente en la cocina. Ahí se secaba la ropa, se ponía el pote del caldo, y se sentaba uno a pasar las tardes de lluvia mirando el fuego”... esto nos cuenta Mariángeles en una entrevista sostenida con el poeta Jose Angel Leyva, con motivo del lanzamiento de su libro.
Así nos vamos dando cuenta como es que una poeta va haciéndose rectora de sus palabras, capaz de armarlas tanto con unas tijeras de sastre, como con unas hondas cucharas de madera, escuchando la música de su hijo llegando de su estudio, junto a los aromas que salen flotando desde la cocina. Seis cuerdas de guitarra que se combinan y confunden con los trastes, el hueco de la caja sonora, las filigranas de los aretes, los brocados de una blusa, o el cuenco de esa olla en la que Mariángeles va agregando ingredientes, moviendo la cuchara, como si se tratara de un lápiz o una pluma rasgando en el papel.
Hacedora de platillos, hacedora de libros, cuidadora amorosa del lenguaje, académica e intelectual cuyo ejercicio profesional y poético comprueba la compatibilidad que puede existir entre la libertad y la norma, entre el sazón que se da midiendo con los dedos, y el aliento que se convierte en voz, gracias al aire de la vida. Será siempre incompleto hablar de De la mano del viento  en un articulo de mil palabras, como todos sabemos, se necesitan mil, y una.

vlporter@yahoo.com es profesor de la UAM-Xochimilco.